"A los Jefes de los pueblos beligerantes.
1.
Desde el inicio de Nuestro Pontificado, en medio de los horrores de la
terrible guerra desencadenada sobre Europa, Nos nos hemos propuesto tres
cosas entre todas: conservar una perfecta imparcialidad con relación a
todos los beligerantes, como conviene a Aquel que es el Padre común y
que ama a todos sus hijos con un igual afecto; esforzarnos continuamente
por hacer a todos el mayor bien posible, y esto sin acepción de
personas, sin distinción de nacionalidad o de religión, tal como nos lo
dicta tanto la ley universal de la caridad como el supremo cargo
espiritual confiado a Nos por Cristo; por último, como lo requiere
igualmente nuestra misión pacificadora, no omitir hacer nada, en la
medida en que estaba en Nuestro poder, de aquello que pudiera contribuir
a apresurar el fin de esta calamidad, intentando inducir a los pueblos y
a sus Jefes a optar por soluciones más moderadas, por deliberaciones
serenas a favor de la paz, de una paz “justa y duradera”.
2.
Quienquiera que haya seguido Nuestra obra durante estos tres dolorosos
años, que acaban de transcurrir, fácilmente ha podido reconocer, que, si
Nos hemos permanecido siempre fieles a Nuestra resolución de absoluta
imparcialidad y a nuestra acción de beneficencia, Nos no hemos cesado
jamás de exhortar a pueblos y Gobiernos beligerantes a volver a ser
hermanos, aunque no se haya dado publicidad a todo aquello que Nos hemos
hecho por alcanzar ese noble objetivo.
3.
Hacia el final del primer año de guerra, Nos dirigíamos a las naciones
en guerra las más vivas exhortaciones, y además indicábamos el camino a
seguir para alcanzar una paz estable y honorable para todos.
Lamentablemente Nuestro llamado no fue escuchado, y la guerra prosiguió,
encarnizada, durante dos años más, con todos sus horrores; ella se hizo
más cruel y se extendió sobre la tierra, el mar, y hasta en los aires; y
hemos visto abatirse la desolación y la muerte sobre ciudades
indefensas, sobre poblados tranquilos, sobre sus poblaciones inocentes. Y
ahora nadie puede imaginar como se multiplicarían y se agravarían los
sufrimientos de todos, si otro mes, o, peor aún, si otros años se
agregasen a este sangriento trienio. ¿Será que el mundo civilizado no
debe ser, pues, más que un campo de muerte? ¿Y será que Europa, tan
gloriosa y floreciente, como arrastrada por una locura universal, va
pues a correr hacia el abismo y se va a entregar a su propio suicidio?
4.
En una situación tan angustiante, ante una amenaza tan grave, Nos que
no tenemos ningún interés político particular, que no prestamos atención
a las sugerencias o intereses de ninguna de las partes beligerantes,
sino empujados únicamente por el sentimiento de nuestro supremo deber de
Padre común de los fieles, por los ruegos de nuestros hijos que
imploran Nuestra intervención y Nuestra palabra pacificadora, por la voz
misma de la humanidad y de la razón, lanzamos nuevamente un grito de
paz y renovamos un urgente llamado a aquellos que tienen en sus manos
los destinos de las naciones. Pero para no detenernos más en términos
generales, como el pasado lo había aconsejado, queremos descender ahora a
propuestas más concretas y prácticas, e invitar a los Gobiernos de los
pueblos beligerantes a ponerse de acuerdo sobre los siguientes puntos,
que parecen ser las bases de una paz justa y duradera, dejándoles el
cuidado de precisarlos y completarlos.
5.
Ante todo, el punto fundamental debe ser, que la fuerza material de las
armas sea substituida por la fuerza moral del derecho; de donde se
sigue un justo acuerdo de todos tendiente a la disminución simultánea y
recíproca de los armamentos, según las reglas y garantías que se
establezcan, en la medida necesaria y suficiente para el mantenimiento
del orden público de cada estado; luego, en substitución de los
ejércitos, la institución del arbitraje, con su alta función
pacificadora, según normas a concertar y sanciones a determinar contra
el Estado que rehusase someter las cuestiones internacionales al
arbitraje o a aceptar las decisiones.
6.
Una vez que, de este modo, sea establecida la supremacía del derecho,
deberá removerse todo obstáculo en las vías de comunicación de los
pueblos, asegurando, a través de reglas que deberán fijarse del mismo
modo, la verdadera libertad y comunidad de los mares, lo cual, por un a
parte, eliminaría múltiples causas de conflicto, y por otra parte,
abriría a todos nuevas fuentes de prosperidad y de progreso.
7.
En cuanto a la reparación de daños y a los gastos de guerra, Nos no
vemos otro medio de resolver la cuestión, que la de poner, como
principio general, una condonación total y recíproca, justificada además
por los beneficios inmensos que se obtendrán del desarme; tanto más que
no se comprendería la continuación de semejante carnicería únicamente
por razones de tipo económico. Si, en ciertos casos, existiesen, en
contra, razones particulares, que éstas sean sopesadas con justicia y
equidad.
8. Pero estos acuerdos
pacíficos, con las inmensas ventajas que de ellos se derivan, no son
posibles sin la restitución recíproca de los territorios actualmente
ocupados. Por consiguiente, por parte de Alemania, se requiere la
evacuación total de Bélgica, con la garantía de su plena independencia
política, militar y económica, frente de cualquier Potencia; del mismo
modo, evacuación del territorio francés; por parte de las otras partes
beligerantes, semejante restitución de las colonias alemanas.
9.
Por lo que respecta a las cuestiones territoriales, como por ejemplo
aquellas que son debatidas entre Italia y Austria, y entre Alemania y
Francia, debe esperarse que en consideración de las ventajas inmensas de
una paz duradera con desarme, las partes en conflicto querrán
examinarlas con disposiciones conciliadoras, teniendo en cuenta, en la
medida de lo justo y de lo posible, del mismo modo que Nos lo hemos
dicho en otras ocasiones, las aspiraciones de los pueblos, y coordinando
según la oportunidad los intereses particulares con el bien general de
la gran comunidad humana.
10. El
mismo espíritu de equidad y de justicia deberá dirigir el examen de las
otras cuestiones territoriales y políticas, y particularmente aquellas
relativas a Armenia, a los estados Balcánicos y a los territorios del
antiguo Reino de Polonia, al cual, en particular sus nobles tradiciones
históricas y los sufrimientos soportados, especialmente durante la
guerra actual, deben justamente conciliar las simpatías de las naciones.
11.
Tales son las bases principales sobre las cuales Nos creemos que debe
apoyarse la futura reorganización de los pueblos. Su naturaleza pretende
tornar imposible la vuelta a semejantes conflictos y preparar la
solución de la cuestión económica, tan importante para el futuro y el
bienestar material de todos los Estados beligerantes. También,
presentándolas a vosotros, a vosotros que dirigís en esta hora trágica
los destinos de las naciones beligerantes, Nos estamos animados de una
agradable esperanza, la de ver que se las acepta y ver también que se
termina cuanto antes la lucha terrible, que cada vez más se muestra como
una masacre inútil. Por otra parte, todo el mundo reconoce , que de un
bando como del otro, el honor de las armas está a salvo. Escuchad pues
Nuestra plegaria, acoged la invitación paterna, que Nos os dirigimos en
nombre del divino Redentor, Príncipe de la Paz. Reflexionad en vuestra
gravísima responsabilidad delante de Dios y delante de los hombres; de
vuestras resoluciones dependen la quietud y la alegría de incontables
familias, la vida de miles de jóvenes, en una palabra, la felicidad de
los pueblos de cuyo bienestar vosotros tenéis el deber absoluto de
procurar. Que el Señor os inspire decisiones conformes a su santísima
voluntad. Quiera Dios, que mereciendo por ellas el aplauso de vuestros
contemporáneos, os aseguréis también, ante las generaciones futuras, el
bello nombre de pacificadores.
12.
En cuanto a Nos, estrechamente unidos en la plegaria y en la penitencia
a todas las almas fieles que suspiran por la paz, imploramos para
vosotros la luz y el consejo del Espíritu Divino.
En el Vaticano, el primero de agosto de 1917 "